El más hermoso poema a Vélez-Málaga

Desde aquella legendaria primera fundación de Vélez-Málaga por Tubal, el nieto de Noé hijo de Jafet el poblador de Europa, ¿cuántos millones de seres humanos no habrán pisado y sentido las callejas y rincones de esta vieja ciudadela mediterránea? ¿cuántos con alma de poeta no la habrán cantado? Tantos de viva voz o en el silencio de sus intimidades, sin dejar vestigios memorísticos. Miles, sin duda, hasta nuestros contemporáneos Amadeo Téllez, Miguel Berjillos, Paco Cazorla, Joaquín Lobato, o los Salva, Cabello o Gutiérrez. Pero ninguno, hasta donde la memoria nos alcanza, ha creado un poema tan hermoso, tan profundo, tan apasionado (y tan intemporal), como el que Paco Hernández hace años le dedicara a la ciudad que no lo parió, pero que, en su propio sentir, ha sido la que lo hizo pa los restos el hombre y el artista que es.
El pasado viernes 25 de marzo —después de admirar la espléndida exposición “Todas las miradas”, montada por Ángel Espartero en el Palacio de Beniel—, un grupo de amigos trasladamos los bártulos a La Alquería del Gamal del inolvidado Antonio Gámez; hoy, al fin, felizmente regentada por Marcos Iglesias con el nuevo nombre de La Sastrería (esquina al pintoresco callejón de Los Sastres). Llegados al pie de la muralla donde se ubica el estupendo restaurante, tuve la grata oportunidad de compartir las chanzas del afecto con algunos de los pintores que tenían obra en la antológica Exposición, José Luis Martín, Javier Navarta, Magdalena, Antonio Aranda. Y la hispanofrancesa Juana Cuevas, que con su marido también francés se ha embarcado en la meritoria aventura de echar palante un hotelito en la calle de Las Monjas. Un compartir el arte a dos bandas, porque cerca también estaban Fernando Gil, hijo de Fernando, Alberto Tarsicio, apañao él, Paco Martín y María Soto (los de la galería), Pepito Casamayor y Eduardo Roberto, justo al lado de los dos cuadros que en su día le presté a La Alquería de Alberto Martín, una sencilla pero completa antología de la pintura veleña, en la que, precisamente, se encuentra el aludido poema.
Comentando las pinturas que se publicaron en el Cuadernillo de la Feria de San Miguel de 1993 —las de Hidalgo, Bonilla, Aranda, González Guirado, Hijano, Lobato, Claudio, Ariza, Vega, Fortes, Paco Hernández, Cipriano Maldonado, Evaristo, Paco Clavero, Pimentel, El Campesino, Belda, Casamayor, Roberto, Posada—, focalizamos la atención en el poema de Paco, Canto a Vélez-Málaga, mi pueblo, que dedica, “A mi amigo Antonio Segovia, de la misma brisa, ausencia y presencia de nuestro pueblo”. En estas, me pidieron que lo leyera. Manos a la obra:

En tus calles canté Mambrú
te bebí toda, más alto.
Mis pies siempre te amaron
hasta clavarme en el beso
más largo de tus campanarios.

Entre ventanas sentí a tus gallos cantar
atardeceres,
a tus lluvias y funerales,
y lloré a mis perros y a mis gatos.
Aquel sereno muerto sobre el ruedo de julio,
hijo directo de la raza del cante,
también le saludé muerto
porque con él marchaba un bello sarmiento
de la noble tierra tuya y tus brazos.

Me recuerdo a mi piel y a caballo de tierno tallo
mordisqueando a la mejilla de tu mayo
que guardé en mi saliva,
tan dulce y elaborado.
Envidia de hormigas, manjar fresco
de mis lejanos días gastados.

Te recuerdo coronada de luna
en noche de espléndida relojería.
Tu luna tirando salivazos a las esquinas,
a las pitas puercas
y a los gallos.
Te recuerdo en sueños mora y judía,
fenicia antes,
romana a un tiempo.
Y los restos de tu historia
gastados, consumidos
por hombres y el sol de los años.
No te dejaron ni abanico ni broche,
todo te lo mató el hombre.

Vélez,
mi levadura y mi primer cigarro.
Mi primer beso,
mi primer dolor de hombre.
Mi primer abrazo.
Todo nació dentro de tus viejas muelas.
Y marcha el tiempo de nuevo.
Te sigues machacando,
gastando,
Pero yo te sigo en mí,
en lo más espléndido de mí,
en mis sueños, amor y brazos,
en mis ojos, olfato y tacto,
dentro,
en los callejones de mi sangre.

Allá en lo más profundo,
contigo a solas,
todas las horas
te llamo, te hablo y te canto.

¿Un poema extraordinario, bellísimo? Yo creo que es mucho más: que aunque dedicado a un punto exacto del Planeta, por él desfilan todos los valores del ser humano, poeta a la vez que intelectual: la sensibilidad, la pasión, el sentimiento, la gratitud, la memoria, la crítica, la ilustración, el humanismo, sin olvidar la veleña cañadú, su gente, sus gatos, sus esquinas y sus pitas.
Pero sobremanera, estuviera Paco en Madrid, Venecia o La Torre, una insólita, emocionante y jonda declaración de amor, potente y leal, a la ciudad que le permitió crecer hasta constituirse en el genio vivo que nos honra y alumbra.
Cuidémoslo.

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