Recuerdos aromáticos

Fue en un verano de los años cuarenta. Yo tenía 14 años (¡Se han multiplicado casi por seis!), cuando disfruté con unos tíos de algo insólito entonces como era el veraneo popular, aunque fuese en un cortijo en Sierra Morena, cerca de la ardiente Córdoba. De aquel impresionante veraneo suelo recordar muchas cosas, pero predominan los de olores, tal vez por la impresión que me causó mi primer contacto con la espléndida y subyugante Naturaleza, captando mi atención la variedad, colorido y aromas de las plantas silvestres y el canto de los pájaros. Allí comenzó mi temprana y mantenida sensibilidad naturalista y ecologista.

Sobre un pollo de piedra, bajo una parra de uvas negras, la cortijera exponía a la venta las frutas recién cogidas; las de aquel idílico vergel mantenido y refrescado por un arroyo. Recuerdo los melocotones, manzanas, higos y membrillos que tenían   intensos y estimulantes aromas que han llegado a desaparecer en las fruterías y en las mesas a cuenta de las hibridaciones y la  máxima producción, y almacenamiento en cámaras frigoríficas antes de que maduren los frutos en el árbol. También eran un gozo para la vista y el olfato los arbustos ornamentales del jardincillo: hierba luisa, rosales, tomillo, romero y heliotropo; y las macetas de claveles, alhelíes, hierbabuena y mejorana. Todas aquellas plantas tenían intensas fragancias que se percibían sin tener que acercarse a ellas.

Años después, de cuando vivía en un pueblo malagueño, evoco y añoro otros aromas naturales agradables y estimulantes. Eran los del pan recién cocido en el horno de leña, la leche de cabras recién ordeñadas en plena calle, y de las plantas ornamentales: rosal, jazmín, alhelí, geranio, romero… presentes en casi todos los patios interiores y balcones de muchas casas del pueblo.

Siguen presentes en mi memoria olfativa la leña quemada en la chimenea; los braseros hechos con el ramaje podado a los olivos, orujo de la molienda de la aceituna o la cáscara de almendras. El aceite que no tenía que llamarse virgen para distinguirlo de otros, porque todos eran tan vírgenes como absolutamente naturales y nada manipulados. Igual que no existía el jamón de pata negra aunque los cerdos comían bellota de las encinas y lo que pillaban en el campo a lo largo de cada día siguiendo el itinerario marcado por el porquero. El término de pata negra se originó años más tarde para distinguir a los cerdos criados a la manera tradicional de los de razas de crecimiento rápido, cerdos de pelaje blanco originarios del extranjero, de engorde rápido con piensos compuestos y crianza en granjas.

En aquel tiempo las casas olían a limpio por la cal con la que se pintaban con frecuencia las paredes de las habitaciones, fachadas, y hasta el último rincón de las humildes pero pulcras viviendas; a diferencia de las pinturas químicas de ahora, de emanaciones tan irritantes que, aplicadas en interiores, obligan a abrir las ventanas.

Actualmente gozamos de más cantidad y variedad de alimentos, pero están cargados de aromas artificiales y aditivos de diseño, carentes de vital ambiente natural y ecológico, tan saludables y reconfortantes para la salud del cuerpo y la alegría del espíritu.

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